miércoles

De nobles pellejos que no pudieron ascender al cielo

Buenas noches, niños,

  tal y como os prometí hace unos días, voy a hablaros un poco de los santos cristianos y las reliquias que quedan de ellos desperdigados por iglesias de todo el mundo.

  Cuando la persecución de los cristianos todavía era un hecho común, fueron muchos los que acabaron muriendo por no renegar de su fe. Es por ello que se tenían en alta estima los restos y pertenencias de estas personas, convirtiéndose en objetos de veneración. Esto se acabó volviendo una práctica muy común, e incluso se llegaron a dar casos de ciudades enfrentadas entre sí por hacerse con el cuerpo de un santo.


  Era tal la importancia de estos restos, que no se podía consagrar ninguna iglesia que no tuviera una reliquia en su altar. O, por qué no, ponerlo en la puerta para que los fieles tengan que besarlo antes de entrar (es de todos bien sabido que no hay nada más agradable y reconfortante para el espíritu que besar un trozo amojamado de cristiano).

  Ante este panorama, el negocio de las reliquias como fuente de ingresos fue en aumento hasta que a inicios del siglo XIII se comenzó a exigir cierta garantía de autenticidad...


  Dejando de lado los ejemplos más comunes, como la sábana santa de la que tanto hemos oído hablar, me gustaría comentar el singular caso de una reliquia corporal concreta de Jesucristo: hablo ni más ni menos que del Santo Prepucio.


  Así es, al parecer, tras la circuncisión de Jesús, alguien creyó conveniente conservar el prepucio amputado (dejo a vuestra imaginación cuáles serían sus intenciones para con él). Surgió además cierto debate acerca de si el prepucio ascendió con Jesucristo a los cielos, o si fue abandonado por su dueño en la tierra para ser uno de los únicos restos físicos que dejó Jesús.

  Precisamente debido a esto último, no son pocos los que han dicho tener el honor de poseer este noble pellejo; cerca de unas diez iglesias, para ser más exactos.

  Y no acaban aquí las aventuras de esta peculiar reliquia. Santa Catalina de Siena fue una bellísima persona que dedicó su vida a hacer el bien, las voces en su cabeza y sus visiones divinas la incitaban a amar al prójimo. En una de estas visiones místicas, se le apareció el mismísimo Señor Jesucristo, que se casó con ella místicamente, poniendo en su dedo como anillo de bodas... lo habéis adivinado, su prepucio cercenado. Un anillo único, sin duda.

  No os recomiendo tampoco que os obsesionéis con este resto físico dejado por Jesús, narraba la hermana Agnes Blannbekin, que un día mientras pensaba en el prepucio de Cristo sintió de repente en su lengua algo de enorme dulzura y de tacto similar al pellejito de un huevo. Sin dudar ni sospechar en absoluto de este hecho, se lo tragó, y tras tragárselo, de nuevo sintió ese dulzor en su lengua. Esta secuencia se repitió una y otra vez, así hasta unas cien veces. Cuando se sentía tentada de tocarlo con sus dedos, el pedacito de piel bajaba por su garganta por sí solo...


  Curiosamente, podemos encontrar a Agnes en Facebook donde declara desenfadadamente "Quién sabe si lo que tienes entre los dientes es un cacho fuet o la vida eterna!"


  Por mi parte tengo que decir que, aunque no he tenido el placer de ver esta maravillosa reliquia en concreto, he tenido la oportunidad de ver numerosas otras durante mis viajes. Por ejemplo, mientras visitaba una iglesia en Italia, no recuerdo exactamente dónde, alababa el encargado las cualidades incorruptibles del cuerpo guardado en la urna de cristal, y no pude dejar de notar que era tan "incorruptible" que ¡casi parecía una escultura de cera!


   Y ya que hoy en día es más complicado hacerse con una de estas reliquias de santo, ¡recurrid a mí, queridos! Mis piezas tienen el sello de autenticidad de Mme. Malèvre.


 Que tengáis dulces sueños, queridos...
Marguerite B. Malèvre